Corría el año mil novecientos noventa y cuatro, y con el, el miedo que nos había dejado el atentado a la AMIA. La paranoia se generaba ante el sonido de cualquier camión de bomberos o ambulancia. En la escuela nos enviaban a casa día por medio por "amenazas de bomba"
Yo tenía unos inocentes seis años cuando me dejaron sola cinco minutos un sábado de julio con mi hermano mayor, que era el tiempo que tardaba mi papá en alcanzar a la peluquería del barrio a mi mamá.
Por aquel entonces, en mi casa solo había dos habitaciones, en una dormían mis dos hermanos y en la otra, mis padres y yo. Cada vez que se iban, nos encantaba revisarles los cajones de las mesitas de luz. Al escuchar que habían cerrado la puerta, nos fuimos directamente a la habitación. Yo me puse a jugar con mis muñecas y peluches, mi hermano empezó a revisar el cajón de papá y apenas lo abrió encontró un encendedor. Lo prendía, lo apagaba, y yo no podía sacar la vista de esa luz que aparecía y se desvanecía. Cómo vio que llamaba mi atención, me propuso un juego: Tomar una hoja de diario, formar un especie de cono, en el cual resultaba ganador el que lo prendía y lo apagaba más rápido. Él fue muy veloz, pero yo no tuve la misma suerte; me puse muy nerviosa, el papel se quemaba cada vez más rápido hasta que de repente sucedió lo que ya era inevitable, del susto, lo dejé caer al suelo.
El fuego se fue propagando a máxima velocidad, encerrándome. Quedé inmóvil ante las llamas. Mi padre apareció entre ellas. Sus brazos me refugiaron y lograron salvarme de la muerte. La sirena de los bomberos cada vez se oía más cercana, el olor a quemado inundaba la manzana.
Todos mis juguetes y peluches, ropa y muebles eran cenizas. El humo pesado inundaba la casa y apenas podía respirar. Me desvanecí y desperté en la casa de mi abuela.
Al día siguiente, los vecinos me regalaban muñecos y libros, preguntaban a mamá que había pasado.
Su respuesta era "un cortocircuito".
sábado 19 de diciembre de 2009
miércoles 16 de diciembre de 2009
Yo Confieso #14
Cuando me desvelo sólo logro conciliar el sueño cuando amanece.
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Yo Confieso
martes 15 de diciembre de 2009
viernes 11 de diciembre de 2009
Tristeza não tem fim
Que la primera opción de emoticón más usada que aparece en mi celular al mandar un mensaje de texto sea ":-(" NO es bueno.
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Yo y Mis Locuras
jueves 10 de diciembre de 2009
A "normal"
No me creo una persona "normal"; tampoco encuentro una definición concreta para entrar dentro de esos parámetros, pero hay "cositas" que hace la gente que me molestan mucho y me dan ganas de zamarrearlos para acomodarle las manías: El ruido que hace la gente cuando termina de tomar líquido, algo similar a un "aaaaaaaaah" de propaganda, los que se abanican con cualquier cosa cuando hace un poquitito de calor, los que caminan mirando al celular, los que gritan cuando hablan por teléfono, las viejas que caminan lento (si, ya se que me va a llegar a mi también, las madres primerizas que no saben maniobrar un cochecito de bebé, las que se paran en la mitad de la vereda a ver una vidriera...
¿y a ustedes, que les molesta?
¿y a ustedes, que les molesta?
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Yo y Mis Locuras
lunes 7 de diciembre de 2009
Yo Confieso #13
Me encanta que me hagan mimitos en la cabeza, si, como a los perritos.
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Yo y Mis Locuras
jueves 3 de diciembre de 2009
Elba
Hubo un tiempo en que las reuniones familiares superaban las 30 personas, en la actualidad a penas completamos los dedos de una mano. Siempre recuerdo que cuando era chica, las cenas y las fiestas de cumpleaños eran eternas llenas de risas y música. Menos una,en que mi abuela lloraba desesperada diciendo que no se quería operar.
Nuestra relación siempre fue distante, tenía perfectamente claro con mis 8 años que yo no era la preferida de mi abuela y no lo discutía. Era más que entendible que su primer nieto haya sido la luz de sus ojos. Ella no era de esas abuelas que te llenaban de caricias , de las que te leían un cuento o de las que jugaban hasta cansarse , pero si era de las que te enseñaban a rezar y traían un lindo regalo de cada viaje. Siempre me cuidó cuando mis papás tenían que trabajar para mantenernos a mi y a mis hermanos. Uno de aquellos días, empezó a sentirse mal y yo no entendía que pasaba. Ya no se levantaba de la cama y no tenía fuerzas para sostener el diario. Con mi papá, al volver del supermercado, siempre le dábamos la punta de la baguette que era su parte preferida y sonreía, cuando nos agradecía no se le entendía. Yo me quedaba horas y horas sentada en la punta de la cama haciéndole compañía cuando una tarde descubrí su mirada perdida. Mi abuela ya no veía.
Las semanas fueron pasando como los médicos que venían a la casa a toda hora. Un cura llamó a la puerta y le dijo unas oraciones a mi abuela. Unas horas después escuché un grito que todavía me hiela la sangre, era mi tía gritando: ¡Mamaaaaaaaaá! , cuando me acerqué a la habitación la encontré arrodillada al pie de la cama, llorando y abrazándola con todas sus fuerzas. Sentí unas ganas inmensas de salir corriendo y que el corazón se me desgarraba. Fui a mi casa porque no podía soportar la idea de que jamás iba a volver a verla.
Cuando llegué, entré al baño y empecé a llorar para mitigar al menos un poco todo el dolor que sentía, arranqué los pelos de mi cabeza mientras me miraba al espejo y trataba de tranquilizarme de alguna manera.
Cuando llegó la hora del velorio vinieron parientes de todos lados, y entre ellos, la hermana de mi abuela a la que es parecida físicamente. Con mis ocho años, la abracé fuerte y le pregunté si quería ser mi abuela, y ella me respondió que si. Siempre fue muy especial conmigo y a pesar de la distancia el cariño que nos tenemos va más allá de todo.
Hace unos meses, le diagnosticaron un cáncer fulminante, el mismo que mi abuela. Me costó mucho ir a verla, porque hoy después de tantos años, no pude superar completamente todo lo otro. Y era volver a revivirlo, y lo peor es que son tan parecidas.
Al sentir que mi corazón sabía que lo correcto era ir, me tomé el primer micro que encontré y partí a la provincia en donde vive. Llegué a la madrugada y me dijeron que ella estaba esperando para darme la bienvenida y luego dormirse. En la entrada vi colgado el camisón de mi abuela, que le tocó a mi tía-abuela en el reparto, y supe que más que nunca tenía que estar ahí. Nos dimos un abrazo y me dijo: "Estás tan linda como tu abuela" y hasta ahora, cuando lo pienso ó lo escribo no puedo evitar llorar.
La enfermedad sigue avanzando y ahora ya no puede levantarse de la cama, tiene la mirada perdida y cuenta historias de cuando era joven todo el tiempo. Mi familia esta destruida por dentro pero tratamos de que no nos vea mal, para que sienta que estamos con ella, demostrándonos fuertes para ayudarla siempre.
Hay días en que siento una felicidad completa, que enseguida se ve opacada por tanta tristeza que llevo adentro. Ayer, viajando vuelta a casa, me sentí feliz por todo lo que me está pasando, pero al minuto la angustia me ahoga y lloro desconsolada, como aquella tarde en la que me miraba al espejo sin entender porque la gente que más querés se va de tu mundo.
Nuestra relación siempre fue distante, tenía perfectamente claro con mis 8 años que yo no era la preferida de mi abuela y no lo discutía. Era más que entendible que su primer nieto haya sido la luz de sus ojos. Ella no era de esas abuelas que te llenaban de caricias , de las que te leían un cuento o de las que jugaban hasta cansarse , pero si era de las que te enseñaban a rezar y traían un lindo regalo de cada viaje. Siempre me cuidó cuando mis papás tenían que trabajar para mantenernos a mi y a mis hermanos. Uno de aquellos días, empezó a sentirse mal y yo no entendía que pasaba. Ya no se levantaba de la cama y no tenía fuerzas para sostener el diario. Con mi papá, al volver del supermercado, siempre le dábamos la punta de la baguette que era su parte preferida y sonreía, cuando nos agradecía no se le entendía. Yo me quedaba horas y horas sentada en la punta de la cama haciéndole compañía cuando una tarde descubrí su mirada perdida. Mi abuela ya no veía.
Las semanas fueron pasando como los médicos que venían a la casa a toda hora. Un cura llamó a la puerta y le dijo unas oraciones a mi abuela. Unas horas después escuché un grito que todavía me hiela la sangre, era mi tía gritando: ¡Mamaaaaaaaaá! , cuando me acerqué a la habitación la encontré arrodillada al pie de la cama, llorando y abrazándola con todas sus fuerzas. Sentí unas ganas inmensas de salir corriendo y que el corazón se me desgarraba. Fui a mi casa porque no podía soportar la idea de que jamás iba a volver a verla.
Cuando llegué, entré al baño y empecé a llorar para mitigar al menos un poco todo el dolor que sentía, arranqué los pelos de mi cabeza mientras me miraba al espejo y trataba de tranquilizarme de alguna manera.
Cuando llegó la hora del velorio vinieron parientes de todos lados, y entre ellos, la hermana de mi abuela a la que es parecida físicamente. Con mis ocho años, la abracé fuerte y le pregunté si quería ser mi abuela, y ella me respondió que si. Siempre fue muy especial conmigo y a pesar de la distancia el cariño que nos tenemos va más allá de todo.
Hace unos meses, le diagnosticaron un cáncer fulminante, el mismo que mi abuela. Me costó mucho ir a verla, porque hoy después de tantos años, no pude superar completamente todo lo otro. Y era volver a revivirlo, y lo peor es que son tan parecidas.
Al sentir que mi corazón sabía que lo correcto era ir, me tomé el primer micro que encontré y partí a la provincia en donde vive. Llegué a la madrugada y me dijeron que ella estaba esperando para darme la bienvenida y luego dormirse. En la entrada vi colgado el camisón de mi abuela, que le tocó a mi tía-abuela en el reparto, y supe que más que nunca tenía que estar ahí. Nos dimos un abrazo y me dijo: "Estás tan linda como tu abuela" y hasta ahora, cuando lo pienso ó lo escribo no puedo evitar llorar.
La enfermedad sigue avanzando y ahora ya no puede levantarse de la cama, tiene la mirada perdida y cuenta historias de cuando era joven todo el tiempo. Mi familia esta destruida por dentro pero tratamos de que no nos vea mal, para que sienta que estamos con ella, demostrándonos fuertes para ayudarla siempre.
Hay días en que siento una felicidad completa, que enseguida se ve opacada por tanta tristeza que llevo adentro. Ayer, viajando vuelta a casa, me sentí feliz por todo lo que me está pasando, pero al minuto la angustia me ahoga y lloro desconsolada, como aquella tarde en la que me miraba al espejo sin entender porque la gente que más querés se va de tu mundo.
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